En lo alto de una casa grande, de dos plantas, ubicada en la ciudad; se encuentra un cuarto que esta siendo utilizado como bodega. En ese cuarto entre muebles viejos, adornos antiguos, ropa sin usar y polvo; se encuentra un baúl lleno de recuerdos y juguetes olvidados. Juguetes que pasaban los días llenos de tristeza y melancolía por el olvido del que eran victimas por su dueña Nohemy.
Tata, una muñeca regordeta de 75 centímetros de altura, era la más grande de todos los juguetes, entre los que estaban Pum pum, un carrito amarillo, Dino, estegosaurio verde con 10 figuras geométricas en su panza; y Chico Lillo, peluche de la película animada “Chicken Little”.
Un día normal, lleno de silencio, se vio interrumpido por el sonido de una puerta tosca y desaceitada, acompañado por las voces de los padres de su dueño.
- ¡Qué emoción, Alberto! No puedo creer que todo esto vaya a servir de nuevo- dijo la madre de la niña.
- Sí cariño. Muy pronto todo esto tendrá un nuevo dueño.
Esta platica lleno de zozobra y angustia a los juguetes. Unos estaban contentos, mientras que otros tristes y miedosos.
- ¿Qué te pasa Tata? – Pregunto Julián, un oso con poco uso - ¡Alégrate! Qué no ves que vamos a tener a un nuevo dueño, que vamos a cumplir nuestro fin y que animaremos la vida de ese niño.
- No, Julián. Esa oportunidad sólo es para los que casi no han sido utilizados, pero yo que ya estoy vieja y sucia, nadie se fijará en mí. Además, Nohemy me hará falta…
- ¿Falta?- interrumpió Julián - si tenemos meses de no verla, y con respecto a tu vejez, es justo porque siempre fuiste la preferida a pesar de ser de material duro. Ya es hora que nos den nuestro lugar a los que, esa niña malcriada, no hizo caso.
A los meses Alberto y otros hombres entraron y sacaron varios muebles, entre los cuales iba un cuna, un porta bebé, un coche y un bolso lleno de ropa.
- ¿Pero qué pasó?- dijo Ball, una pelota plástica azul con círculos blancos- ¿y nosotros? ¿qué no ven que somos lo que más necesitan los niños, para un buen desarrollo mental?
Mientras que al fondo Tata permanecía callada y cabizbaja.
Con el pasar de los días esa actitud de ansia crecía en los juguetes menos utilizados, mientras que en los otros sólo pedían poder ver por última vez a Nohemy.
Un 16 de Enero desde muy temprano se escuchaba mucho movimiento en la casa, cuando de pronto, a las 9:30 de la mañana, se escuchó un llanto. Todos los juguetes se inquietaron unos se preguntaban quién era, mientras que otros peleaban por el sexo del bebé.
Pasaron muchos meses con la duda, hasta que un día el baúl se empezó a mover y de pronto Alberto lo abrió. Todos los juguetes estaban contentos porque vieron el techo de la sala, algo que a muchos se les había olvidado como era.
Rebeca, la madre de las niñas, empezó a sacar juguetes y se los enseñaba a Montserrat, la hermanita menor de Nohemy. Tuvo preferencias por tres, Paola, una muñeca de cabello castaño, Music, un mini piano de colores, y Alò, un celular celeste que sonaba al apretarle los botones.
Efectivamente Julián tenía razón, tuvo preferencia por los más nuevos, pero para su desgracia no fue elegido y paso su vida en el baúl.
Pero de pronto se escuchó un motor seguido por pasos agilizados que se acercaban cada vez más. Era Nohemy, dos años después que cuando la habían visto por última vez, se detuvo cuando vio todos sus juguetes y al igual que antes tomó sus tres juguetes preferidos y volvió a jugar con ellos todas las tardes después del colegio, como cuando tenía tres añitos.
Tata, una muñeca regordeta de 75 centímetros de altura, era la más grande de todos los juguetes, entre los que estaban Pum pum, un carrito amarillo, Dino, estegosaurio verde con 10 figuras geométricas en su panza; y Chico Lillo, peluche de la película animada “Chicken Little”.
Un día normal, lleno de silencio, se vio interrumpido por el sonido de una puerta tosca y desaceitada, acompañado por las voces de los padres de su dueño.
- ¡Qué emoción, Alberto! No puedo creer que todo esto vaya a servir de nuevo- dijo la madre de la niña.
- Sí cariño. Muy pronto todo esto tendrá un nuevo dueño.
Esta platica lleno de zozobra y angustia a los juguetes. Unos estaban contentos, mientras que otros tristes y miedosos.
- ¿Qué te pasa Tata? – Pregunto Julián, un oso con poco uso - ¡Alégrate! Qué no ves que vamos a tener a un nuevo dueño, que vamos a cumplir nuestro fin y que animaremos la vida de ese niño.
- No, Julián. Esa oportunidad sólo es para los que casi no han sido utilizados, pero yo que ya estoy vieja y sucia, nadie se fijará en mí. Además, Nohemy me hará falta…
- ¿Falta?- interrumpió Julián - si tenemos meses de no verla, y con respecto a tu vejez, es justo porque siempre fuiste la preferida a pesar de ser de material duro. Ya es hora que nos den nuestro lugar a los que, esa niña malcriada, no hizo caso.
A los meses Alberto y otros hombres entraron y sacaron varios muebles, entre los cuales iba un cuna, un porta bebé, un coche y un bolso lleno de ropa.
- ¿Pero qué pasó?- dijo Ball, una pelota plástica azul con círculos blancos- ¿y nosotros? ¿qué no ven que somos lo que más necesitan los niños, para un buen desarrollo mental?
Mientras que al fondo Tata permanecía callada y cabizbaja.
Con el pasar de los días esa actitud de ansia crecía en los juguetes menos utilizados, mientras que en los otros sólo pedían poder ver por última vez a Nohemy.
Un 16 de Enero desde muy temprano se escuchaba mucho movimiento en la casa, cuando de pronto, a las 9:30 de la mañana, se escuchó un llanto. Todos los juguetes se inquietaron unos se preguntaban quién era, mientras que otros peleaban por el sexo del bebé.
Pasaron muchos meses con la duda, hasta que un día el baúl se empezó a mover y de pronto Alberto lo abrió. Todos los juguetes estaban contentos porque vieron el techo de la sala, algo que a muchos se les había olvidado como era.
Rebeca, la madre de las niñas, empezó a sacar juguetes y se los enseñaba a Montserrat, la hermanita menor de Nohemy. Tuvo preferencias por tres, Paola, una muñeca de cabello castaño, Music, un mini piano de colores, y Alò, un celular celeste que sonaba al apretarle los botones.
Efectivamente Julián tenía razón, tuvo preferencia por los más nuevos, pero para su desgracia no fue elegido y paso su vida en el baúl.
Pero de pronto se escuchó un motor seguido por pasos agilizados que se acercaban cada vez más. Era Nohemy, dos años después que cuando la habían visto por última vez, se detuvo cuando vio todos sus juguetes y al igual que antes tomó sus tres juguetes preferidos y volvió a jugar con ellos todas las tardes después del colegio, como cuando tenía tres añitos.







